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CATARSIS

Actualizado: 23 jul 2020

Cuando todo se vino abajo


No todos los días fueron felices, ni se comieron perdices. Tampoco el objetivo de estas "HOJAS" es mostrar que las cosas son fáciles. No lo son. Son muy difíciles. Son complicadas. Y como muchas cosas en la vida, existen un sin número de variables que son incontrolables; algunas relacionadas con la salud, la familia, la pareja, los amigos, el destino y de tu propia personalidad que conjugan, como si de una alineación de planetas se tratara, las cosas no se dan, como uno quisiera. No soy coaching, no soy youtuber profesional, ni soy un Nueva Era con ínfulas de santo. Soy docente, un comunicador y un ser humano que desea compartir sus experiencias positivas, negativas, regulares, malas, buenas, fáciles o difíciles, todas; para quien sienta que desfallece. Siempre debemos ser capaces de crear un instante para detenernos, llorar, gritar, hacer catarsis, descansar y respirar para hacer un “reset” en el espíritu y volver a vivir un día más, sin darse por vencido ante la adversidad.


No es fácil, yo lo sé. Cuando estas en un tiempo que toda la carga se viene encima, es muy, pero muy difícil levantarse. Nunca lo negaré. Uno no se recupera de la noche a la mañana. No voy a negar que lloré. No voy a negar que dudé de mí. No voy a negar que temí seguir adelante. El momento en que me dijeron que ya no tenía más trabajo como docente, algo que yo amaba en el alma; fue cuando me di cuenta que los amarres de la carga que sabía contener hasta ese momento, se me vino abajo. Eso sin contar, los errores en mi economía personal hasta ese momento. Deudas, mala relación con mi familia y mi pareja, conmigo mismo, con Dios. Fueron momentos donde no solo flaquean tus fuerzas físicas, sino las mentales y mucho más las espirituales. No lo niego. Peleas con Dios, con la vida, con el yo interior, en fin, con todo el mundo. No es fácil.


Por más vegetariano que seas, por más conocimientos que tengas, por más días que tenga el calendario, uno llega a tener miedo de sí mismo. De no seguir, de echar todo para el carajo y desplomarte.


Recuerdo esos meses del 2018, marzo y abril. Fueron meses sin un peso, sin trabajo, con deudas, con líos familiares y de pareja, y con mis huesos dolidos y desmoronándose por culpa de una PTH (hormona de la paratiroides) aumentada en 3200, una condición anormal, en quienes tenemos falla renal estadío 5; conteniendo el dolor en unas muletas. Abría mis ojos en las mañanas y me preguntaba: ¿Qué me va a doler hoy? sentir que todo, literalmente, todo te duele. Es muy complicado. Solo se cuenta con la respiración que ventila tu cuerpo para tomar energía y seguir un día más. Recuerdo ver a mi novia llorar del desespero de todas estas situaciones juntas. Eso me hizo cambiar mucho. Los sueños, la esperanza y el valor como persona, tiemblan y se sienten como si fueran cáscaras de huevo.


En dos años han pasado muchas cosas. Mis fuerzas se fundamentaron en el amor. Descubrí un amor que no conocía. Un amor que no había visto antes. Descubrí que podía darle la cara a mi pareja sin miedo. Descubrí que podía rescatarme de las cenizas y volverme a construir. Descubrí en sus ojos, la mejor parte de mí. La de ser un hombre de verdad, ser un berraco, como se dice en Colombia. Por otra parte, retomé enseñanzas, que en parte aprendí de mi padre, aunque no tuviera las formas más agradables de la comunicación para decírmelas, pero las comprendí. Otras, nunca las entenderé.


El amor a mi novia fue lo que me dio las fuerzas para volver a creer en mí. Demostrarme que podía volver a ser la persona que hacía unos años, ella se había enamorado. Ser yo otra vez, y mejor. Aprendí a pedir perdón. Cosa que nunca vi en mi casa. Aprendí a dar la cara sin miedo. Aprendí a analizar mis errores, y ver como mis decisiones podían dañar mi vida en un futuro, podían quebrantar el corazón de quien amo.


Hoy solo me importa dar la cara sin miedo. No decir mentiras. No creérmelas. En este proceso he tenido ángeles que me han apoyado para revelarme ante la adversidad e ir tomando, poco a poco, las riendas de la carga que se me había caído. Todos tenemos un curso, todos tenemos algo que aprender. La idea es no dejarse hundir en el fango de la tristeza. No pensar que a uno es el único que le pasan estas cosas. No pensar que todo se acabó. Aconsejo, cuando me preguntan que cómo hice para sonreír a pesar de cada dolor de huesos, o de cabeza en una que otra sesión de diálisis, o cuando me caí de la silla de ruedas y me partí el brazo derecho donde me dializaban en esa época; suelo decirles que hay que pensar que al otro día uno se reirá de lo que pasó. Ser consciente que el día de ayer fue un mal sueño. Me suelo reír de todo eso después. El humor negro ha sido una herramienta muy buena para sobrevivir. No se puede ni se debe tomar todo tan en serio. Es un riesgo caer nuevamente en la trampa de la desesperanza. Reír es la catarsis que hace el alma para transformar las penas en recuerdos y aprendizajes.


Amigos, el amor verdadero es la solución para levantarse, tomar fuerzas de ese sentimiento, sintiendo que se puede y se debe seguir adelante.





















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